lunes, 22 de septiembre de 2014

La evolucion de los amorios adolescentes

La mejor cerrajería en Madrid Los cerrajeros lo abren todo, todo, todo. Cómo han cambiado los tiempos. Ser niño ya no es lo mismo que antes. Cuando yo era pequeña, los colegios parecían colegios. Ahora son un no sé qué raro. Yo a los profesores los llamaba de usted y ni a mí ni a ningún niño se nos pasaba por la cabeza tratarlos mal, desobedecerlos o faltadles al respeto. Treinta años después aún los recuerdo a todos con cariño y no he olvidado lo mucho que se esforzaron por enseñarme tantas de las cosas que hoy sé. Mi colegio estaba en medio del campo y era un edificio blanco, bonito y coqueto, con dos patios. Uno, el de los recreos, feo, hormigonado, con canastas de baloncesto y líneas de campos de fútbol para la asignatura de educación física. Otro, precioso, lleno de árboles, césped y bancos de mármol donde podías sentarte a descansar y tomar el fresco en los días calurosos de primavera y verano. Recuerdo un nogal enorme, que se llenaba de nueces cada año. Yo iba a diario al colegio en autobús. El autobús número tres, también conocido como la chatarra. Había tres autobuses en total, que cubrían todas las zonas del pueblo y recogían a los chicos de cada barrio. El que me llevaba a mí tenía puesto un tres en números rojos, en el salpicadero, que se veía desde fuera. Así lo identificábamos. Lo de la chatarra era porque de los tres autobuses del colegio, era el más viejo. Todo el mundo quería ir en el número 1, porque era más nuevo y bonito. Aunque recuerdo que unos años después, cambiaron nuestra chatarra y nos tocó un bus más nuevo aún, que el resto de chiquillos envidiaban. Hoy he perdido por completo el contacto con los profesores y los compañeros de clase. Y eso que de vez en cuando convocan reuniones de antiguos alumnos y la gente queda para comer o cenar y contarse sus respectivas vidas. Yo unas veces no he podido ir y otras no me ha apetecido, así que no sé qué será de ellos. Recuerdo como si fuera ayer, que en el colegio me enamoré por primera vez de un niño. Era rubio, de ojos azules y muy moreno de piel. Tenía la sonrisa perfecta y me parecía el chico más divino y más simpático del mundo. En cambio, él apenas percibía mi existencia y estaba enamorada de una chica muy guapa y con mucho pecho. Por aquel entonces yo era delgaducha, desgarbada, fea y plana. Más o menos igual que treinta años después. Mi primer amor no fue correspondido y pasó por mi lado como una estrella fugaz. Para consolarme, me busqué otro novio. Pepe. Pepe no era ni rubio, ni tenía los ojos azules ni era simpático. Su padre era propietario de la cerrajeria Madrid. Y sabía un montón de trucos sobre cerraduras que había aprendido de él. Sabía cómo impresionar a una chica. Me enamoré perdidamente de él, el día que abrió con el pincho de una lata de sardinas de las antiguas, el coche de su hermano mayor, y me llevó a dar un paseo romántico al campo. Pepe casi no llegaba a los pedales, pero se las apañaba sentándose muy al borde en el asiento. Junto al alcornoque del río Titú, se me declaró y me pidió que fuera su esposa. Aún conservo el colgante en forma de llave que me regaló aquel día. Hoy es el padre de mis hijos y el hombre que abrió las puertas de mi corazón. Por algo es cerrajero, claro.

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